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Blog de Pedro Arrizabalaga

No sólo de antílopes vive el cazador

No sólo de antílopes vive el cazador

Sudáfrica es el principal destino de los cazadores españoles amantes de la caza mayor. pero este país también posee abundante y rica caza menor, como pudimos comprobar en un reciente viaje en el que cazamos francolines, gallinas de Guinera, tórtolas, palomas y gansos..

Palomas, patos, francolines y gallinas de Guinea en Sudáfrica

Sudáfrica es el principal destino de los cazadores españoles amantes de la caza mayor. pero este país también posee abundante y rica caza menor, como pudimos comprobar en un reciente viaje en el que cazamos francolines, gallinas de Guinera, tórtolas, palomas y gansos.

Texto y fotos: José I. Ñudi

Hoy nos hemos levantado más temprano porque queremos sorprender a los gansos del Nilo que acuden a una pradera de alfalfa. Ya los esperamos ayer a mediodía pero las dos parejas que entraron se fueron a criar. Lucas y yo estamos esperanzados porque lo de ayer fue una escaramuza improvisada. Hoy estrenaremos el día y esperamos sorprender a los gansos desde el primer momento.

Hace mucho frío, demasiado para el escueto forro polar que me he traído a esta aventura sudafricana. Llegamos a la padrera de alfalfa y preparamos nuestros escondites, una especie de sábana de arquillera bajo la que hay que esconderse tumbados completamente. Ha helado y la “sábana” de esparto está semicongelada, escarchada más bien. Cada uno prepara su “cama” como mejor puede y al instante dos deformes manchas marrones quedan quietas y en silencio esperando el amanecer.

Soporto el frío como puedo, aunque la esperanzada llegada de los gansos es mi principal razón para aguantar. Entre Lucas y yo hay algunos cimbeles de plástico. La oscuridad deja paso al amanecer. Celebro la salida del sol como nunca porque empieza a calentar tenuamente mi saco y empiezo a sentirme algo mejor.

A través de la tela se ve perfectamente el exterior, aunque algo difuminado. Tuerzo la cabeza y veo los cimbeles, y más allá la silueta de Lucas bajo su saco. Ya sólo falta que lleguen los gansos.

Pero no llegan. Estoy tumbado boca arriba y junto a mí la escopeta y la cámara. No sé qué utilizaré esta vez cuando lleguen mis amigos del Nilo, que lo suelen hacer por parejas. Ayer usé la cámara en dos ocasiones para intentar conseguir un buen lance mientras Lucas los tiraba, pero salieron muy largos para su escopeta y no cogieron plomo. Al menos sí los cacé con la cámara, como puede verse en la foto.

La técnica es muy sencilla: hay que esperar a que los gansos se echen junto a los cimbeles y en ese momento incorporarse, quitarse la tela de saco lo antes posible y disparar, y todo con la mayor rapidez antes de que las aves se alejen en exceso.

Veo cómo una pareja de gansos me sobrevuela pero no se echa. También me ha parecido oír en la lejanía sus graznidos, pero junto a los cimbeles no se posa nada.

Estoy ya un poco desesperado porque no veo ni escucho ningún ganso y sigo teniendo frío. En estas situaciones uno ya no sabe en qué emplear su tiempo y el desánimo comienza a aparecer. En ésas estoy cuando por enésima vez giro la cabeza hacia los cimbeles y a diez metros veo un ganso que mira extrañado hacia mi escondite. Miro hacia Lucas y no sé si también lo estará viendo. A lo mejor está esperando que yo me incorpore. O no lo ha visto, quizá porque tiene el sol del cara. Imagino que habrá entrado a peón desde otro lugar porque volando lo hubiera visto, y eso implica que a lo mejor hay más en los alrededores, al menos detrás de mí, el único lugar que no puedo ver y menos ahora que el ganso no quita ojo a mi burka de esparto.

El ave poco a poco se desplaza hacia mi izquierda bastante escamado hasta desaparecer. Ya no aguanto más, agarro bien la escopeta, estudio la incorporación y la ejecuto, volviéndome como puedo hacia atrás. No me lo puedo creer, hay cinco gansos más que también emprenden el vuelo, pero todos bastantes largos. Sentado como estoy, corro la mano al más rezagado, le suelto los dos tiros de mi superpuesta pero no corto pluma y los seis gansos se van alejando gritando como posesos.

Pero a mis tiros otra pareja de gansos levanta el vuelo en el lado opuesto al que se han levantado éstos y uno se dirige ciego, en el amplio sentido de la palabra, hacia Lucas, que lo deja cumplir y lo tira en la vertical. No entendemos la ingenuidad de este ganso, pero inmediatamente comprendemos que venía escandilado con el sol.

Damos por finalizada la cacería porque se ve que los gansos del Nilo noe quieren hoy acercarse por aquí. Sólo hemos cobrado uno, pero la experiencia ha merecido la pena y tenemos que volver a tirar las palomas y tórtolas en el girasol.

En vísperas del Mundial. Estamos en Sudáfrica, el destino africano preferido por los cazadores españoles. También nosotros hemos venido en busca de su fauna, pero no de los antílopes, sino de sus aves: francolines, gallinas de Guinea, patos, palomas y tórtolas. Me acompaña de nuevo Lucas Urquijo, un excelente compañero, amante también de la caza menor y excelente intérprete.

Cazaremos durante una semana con Henk Engelbrecht, gerente de la empresa cinegética Rawhide Safaris, que está especializado en caza menor y al que Lucas conoció en una edición de Venatoria.

Henk, de 42 años y fisonomía típicamente germánica, descendiente de los primeros boers que llegaron a este país, lleva 11 años como organizador. Le gustaba la escopeta desde niño y decidió dedicarse a guiar cazadores.

Domina en la zona unas 100.000 hectáreas. Mantiene acuerdos y contactos con propietarios –aquí la caza pertenece a los propietarios de las tierras y no hace falta contituir ningún coto–, que le informan de la situación cinegética de sus fincas, llevando a los cazadores allí donde las perspectivas son mejores. Tiene incluso contactos en otras provincias. Por ejemplo, la zona más “patera” del país está en Malanga, al noreste de Johanesburgo.

Hemos elegido la última semana de mayo de este año con el país volcado con el Mundial de fútbol que ganaríamos los españoles. El inminente acontecimiento futbolero ha provocado, entre otras cosas, que los billetes de avión se hayan disparado. Volamos desde Barajas con Iberia en un cómodo vuelo directo durante toda una noche.

Mayo se corresponde aquí con el inicio del otoño y por tanto de la temporada de caza. Las temperaturas en estas fechas son muy agradables, aunque al amanecer y al atardecer refresca bastante. Al estar Sudáfrica en el mismo paralelo que España, no hay diferencia horaria.

Desde Johanesburgo nos trasladamos al municipio de Kroonstad, dos horas al sur de Johanesburgo, perteneciente a la provincia de Free State, una de las nueve que tiene el país. Es donde Henk tiene su cuartel general y la mejor zona de caza menor del país. A esta provincia se le llama el “granero de Sudáfrica” por las muchas hectáreas dedicadas a cultivos cerealistas: girasol, trigo, maíz, sorgo... Y lo que no es cereal son extensos pastizales para el ganado o los antílopes que muchas fincas han introducido para cazarlos.

Por tanto, el hábitat es ideal para la caza menor. El paisaje recuerda en cierto modo al de Argentina, incluso te encontrabas los típicos termiteros de barro. Entiendes que ciertamente, hace miles de año, Sudamérica y África estuviesen juntas formando parte de la legendaria Pangea. Nos hospedamos en un precioso complejo hotelero que está a la altura de su nombre: La Arcadia, chalets individuales de esmerada decoración de evocación clásica.

Llegamos al aeropuerto de Johanesburgo un 24 de mayo por la mañana. Allí nos esperaba Henk e inmediatamente partimos hacia Kroonstad tras un rápido y eficiente control de las tres escopetas que llevamos. En España, al volar con Iberia, tuvimos que pagar ese “impuesto revolucionario” que se ha inventado la compañía y por el cual hay que pagar 75 euros por arma embarcada.

Henk quiso que este primer día pegáramos ya algunos tiros a palomas y tórtolas en un grandísimo girasol cercano a donde nos hospedábamos.

El paso era espectacular, menos intenso que los argentinos, pero también menos empalagoso. Imagínense una de esas tiradas de tórtolas de antaño en la que siempre, miraras para donde miraras, las veías volar.

Los cartuchos que nos proporcionó Henk para tórtolas y palomas eran españoles: Diana, de Maxam, del 7 y 28 gramos. También su escopeta era nacional, una Lanber con la que estaba encantado al ser un arma de una excelente relación calidad-precio.

En Sudáfrica, en esta zona, existen tres tipos de tórtolas cazables y una paloma. En cuanto a las tórtolas, una era muy parecida a la turca en tamaño y colores, la redeye dove; otra también como la turca pero un poco más pequeña, la cape turtledove y la tercera podría ser, guardando las distancias, la equivalente a nuestra tórtola común, aunque un poco más pequeña, la denominada laughing dove. Luego está la paloma, la rock pigeon (paloma roqueña), que aunque poco parecida a la torcaz en tamaño y plumaje –es del tamaño de una bravía–, le emulaba en suspicacia y vista.

Como bien nos dijo Henk y pudimos comprobar, cada especie suele volar a distinta altura e incluso tienen sus horarios a la hora de ir a comer.

En un rato, sin agobiarme y dejando pasar bastantes tórtolas, gasté cinco cajas de cartuchos, más o menos los mismos que Lucas, cobrando cerca del centenar de ejemplares entre los dos. Ahora bien, si me lo hubiera propuesto, hubiera tirado perfectamente el doble o triple de cartuchos, pero tanto tiro seguido me satura y aburre.

Poco a poco empiezo a distinguir las distintas especies, a memorizar su vuelo y su forma de entrar en el girasol. Las más pequeñas son las que me seducen al instante, quizá por su parentesco con la común, pero la rock pigeon, la paloma de color gris oscuro y el anillo ocular de color rojo, termina convirtiéndose, por ser la más esquiva, en mi objetivo prioritario.

De todo un poco. Henk nos promete que al día siguiente cazaríamos las principales especies de la región. Además de tórtolas y palomas, nos iniciaríamos con los francolines y las gallinas de Guinea, para terminar el día cazando gansos del Nilo.

En Sudáfrica, en estas fechas, amanece muy temprano, sobre las seis de la mañana, pero nos recoge ya entrado el día para llevarnos a tirar palomas y tórtolas. Me sorprende porque en España cualquier tirada comienza al amanecer.

Cuando llegamos al mismo girasol de la tarde anterior, el paso es espectacular. Hoy nos colocamos cerca de donde estuvimos ayer.

Lucas y yo, provisto cada uno de un secretario-cobrador, nos introducidmos dentro del girasol. Yo llevo un cajón de 250 cartuchos. No quiero más, no quiero empalagarme, y además también quiero hacer algunas fotos. En estas primeras horas vuelan sobre todo rock pigeon y las otras dos especies mayores de tórtolas. La rock entra más alta y generalmente en pequeños bandos, y es la que más interés despierta. Pero a medida que avanza la mañana, comienzan a pasar con frenesí la laughing dove, la más pequeña y parecida a nuestra africana. Ésta pasa mucho más baja, rozando a veces los girasoles.

He perdido la noción del número de palomas y tórtolas abatidas, y me sorprende que a pesar del calor reinante, de estar el sol ya muy alto, sigan pasando. En España la tirada habría terminado ya hace tiempo, pero aquí el paso, sobre todo de tórtolas, parece incrementarse. Abandono mi puesto improvisado para reunirme con Lucas y hacerle unas fotos. Me lo encuentro muy concentrado junto a su secretario y a su lado un buen montón de aves abatidas. Está encantado y comentamos con extrañeza que sigan entrando tórtolas con la mañana tan avanzada.

Sobre la una terminamos la tirada. Hoy comemos en el rancho de Theo Erasmus, un buen amigo de Henk y también organizador de cacerías, principalmente de antílopes, pero que siempre está dispuesto a echarle una mano con la menor. Henk también tiene hoy seis clientes americanos de Virginia, uno de ellos profesor de tiro. También han estado tirando en el girasol y ahora todos nos desplazamos a Mariandale, el rancho de Theo, que “sólo” tiene 11.000 hectáreas donde convive la caza menor, muchos antílopes y ganado doméstico, principalmente vacas.

La madre de Theo nos hace un gran número de platos, todos exquisitos, hacemos una larga sobremesa y Lucas y yo nos vamos con Henk a probar suerte con los francolines y las gallinas de Guinea, las especies reinas de la caza en mano.

En esta zona tenemos dos especies de francolines, el de Swainson’s y el orange river, éste más escaso. Los francolines podrían definirse como una codorniz muy grande, o quizá imaginarnos un híbrido entre codorniz y faisán. Es un ave terrera, como la codorniz, con un vuelo poderoso y rectilíneo, muy potente al arrancar.

Nos trasladamos con Henk a una zona de pastizal y nos abrimos en mano. Vemos las primeras gallinas de Guinea, cuyo vuelo puede asemejarse al de nuestras perdices, aunque mucho más grandes.

Las gallinas de Guinea van siempre en bandos muy numerosos y peonan con una velocidad pasmosa. Les cuesta levantar el vuelo, pero cuando lo hacen parece mentira la potencia que generan. Es un arranque muy escandaloso. Encajan muy bien los tiros y asombra su facilidad para peonar si le queda un hálito de vida. Un gran número de ellas quedaban sin cobrar por este motivo, sobre todo si caín en los maizales sin cosechar.

Hemos visto volar la primeras gallinas pero no han salido a tiro. Para estas aves y los francolines llevamos cartuchos más contundentes, de 32 gramos del 5, también Diana. Sudáfrica no fabrica cartuchos con lo cual todos son de importación y los españoles deben tener quizá la mejor relación calidad-precio.

Hemos levantado un par de veces varias gallinas pero sin opción de tiro y cuando ya volvemos a los coches junto a un rancho semiabandonado, poco después de toparnos con varias tumbas, pertenecientes, según Henk, a trabajadores del rancho –algo legal en Sudáfrica–, nos salen los primeros francolines. Lucas se hace con dos consecutivos y al rato abato yo mi primer francolín que me sale casi de los pies. Tanto el mío como los de Lucas son francolines de Swainson’s, pardos oscuros, algo más grandes que perdices y con mancha roja alrededor del ojo. Cuando vuelan parecen más oscuros de como son realmente y destaca especialmemnte en su fisonomía unos largos y afilados espolones, sobre todo en los jóvenes, que les sirven para pelearse.

Cambiamos de escenario, iniciamos de nuevo la mano y veo a Lucas tirar unos fracolines; otros dos me salen a mí, pero tenía la escopeta en seguro. Más adelante me salen dos gallinas a tiro; derribo la primera y la segunda se va trastablillada. Voy a cobrar la primera, que imagino muerta, y no está, pero la veo peonar a lo lejos hasta refugiarse en una mata de espinos. Los pisteros corren tras ella y los veo maniobrar intentando cobrarla. La gallina se había metido en una pequeña cueva y por fin la cobran viva y coleando. Compruebo la fortaleza de estas aves y me doy cuenta que hay que entacarlas bastante si queremos cobrarlas o, como siempre digo en aves de envergadura, meterle el tiro por delante buscándole la cabeza y el cuello, que tienen bastante largo.

Por fin cobro mi primera gallina, una ave extraña, con tintes prehistóricos a juzgar por la cresta de queratina que corona su cabeza desprovista de plumas y de color azul. Aunque su cabeza es grande, en comparación con su cuerpo es ridícula.

Después de esta mano, sobre las seis de la tarde, nos volvemos raudos a Mariandale, el rancho de Theo, porque vamos a terminar el día tirando unos gansos del Nilo en una laguna de unas tres hectáreas de aguas muy someras a la que van a dormir.

Los gansos, para protegerse de los predadores, se echan en medio de la laguna y así, si algún predador quieres meterles mano, escucharán su chapoteo.

Cuando llegamos ya están allí los americanos en sus puestos. Lucas y yo ocupamos una esquina. Yo no tengo ni puesto, pero da igual, los gansos van a entrar a últimas horas de la tarde y como no hacemos viso, no hace falta esconderse.

Frente a nosostros, por donde entrarán los gansos, se ha puesto ya el sol y un cielo anaranjado nos va a permitir tirar los gansos a contraluz.

Vemos venir un grupo de cuatro graznando cómo éstos acostumbran. Entran por nuestro lado y me quedo con uno. Menudo pelotazo. Lucas se ha quedado con otro. Los otros dos se llevan salvas desde todos los puestos. Pero una claridad anaranjada sigue dando paso a una tonalidad negra en la que ya no se distingue nada, y es cuando los gansos comienzan a llegar de forma masiva, incluso en nutridos bandos. Débilmente se distinguen sus siluetas, pero eso no es obstáculo para que los americanos descarguen sus escopetas con poco acierto. No obstante, el ruido de algunos pelotazos, sobre todo en el agua, indica que algunos han doblado el cuello. Yo tiro algunos más, pero sin resultado, y terminamos tirando sobre sombras negras que seguramente ya no están donde suponemos.

Cuando la oscuridad era ya casi total, se da por finalizada la tirada, corta pero muy intensa en unas circunstancias en las que uno no está acostumbrado.

No obstante se han cobrado bastantes, y algunos faltan por cobrar en la laguna. Los labradores de Theo están en ello y escuchamos sus chapoteos y carreras. También hay algunos patos de pico amarillo.

Buen final para este primer e intenso día de caza en el que, como prometió Henk, hemos cazado toda la fauna que seguiríamos cazando en días sucesivos.

Francolines y gallinas. El siguiente día lo dedicamos exclusivamente a la caza de francolines y gallinas de Guinea. Nos trasladamos a la misma zona de ayer por la mañana en busca de un gran bando de gallinas que vimos ayer. Y allí estaban, aunque rápidamente se fueron peonando e introduciendo en un pajonal bastante alto, una especie de sorgo ganadero que había sido sembrado. Nos metemos tras ellas, esta vez con uno de los perros de Henk, un braco alemán que lacea perfectamente pero que continuamente desaparece en este pajonal.

Vuelan por fin algunas gallinas e hiero una que Henk remata. Me sale otra que esta vez abato limpiamente. Hacemos un giro de 90 grados y nos metemos en otra siembra de sorgo ganadero mucho más espeso que muchas veces llega a taparnos.

Sabemos que las gallinas van delante peonando y en cualquier momento puede saltarnos alguna. Van saliendo por delante pero sin opción de tiro. Caminar por este pajonal es muy desagradable. Tienes que protegerte los ojos, pero no puedes evitar roces muy molestos en la cara. Y en cierto modo te provoca claustrofobia porque no ves más allá de pocos metros salvo que mires al cielo. Sólo puedes tirar las gallinas que se eleven bastante, principalmente las que levantan tus otros dos compañeros o el braco de Henk.

Por fin la parcela de sorgo termina y ahora aparece ante nosotros un extenso barbecho sin una brizna de hierba. Ni tanto ni tan calvo. Y a la derecha del barbecho, vemos que se inicia otra parcela de sorgo en la que vemos meterse un inmenso bando de gallinas que permanecía en la linde. Posiblemente fueron las que seguíamos, que peonando, habían llegado hasta aquí, se habían unido y ahora esperaban una razón para volver a poner tierra de por medio.

Pero Henk ya no tenía previsto seguir. De nuevo giro de 90 grados hacia el coche por una especie de cañada de pastizal que dividía dos parcelas. Caminábamos los tres juntos con nuestros secretarios por este lugar comentando cosas cuando se arranca ¡una codorniz! Me voy con ella y se convierte en la primera de mi vida que abato con perdigón del 5.

Sabíamos que en Sudáfrica había codornices, y así nos lo confirmó Henk, pero hasta la fecha no habíamos visto ninguna. Es, al menos en apariencia, idéntica a la que llegan todos los años a la Península, aunque no precisamente de Sudáfrica.

Artículo obtenido de www.trofeocaza.com